Forjar conjuntamente el desarrollo comunitario desde la cotidianidad de las personas, hombres y mujeres, implica desafíos y retos, tiene sus tensiones incluso personales que nos hacen sentir por momentos entre la espada y la pared, porque toca nuestros imaginarios sociales e ideológicos.
Hablar el idioma de las personas con quienes trabajamos es clave para la comunicación e interacción social. Sin embargo, compartir la cotidianidad es mucho más importante, aunque en apariencia parezca sencillo. Porque son espacios que permite mayor comunicación, conocer y analizar mejor las realidades, y también permiten revisar nuestras formas normalizadas de ver la vida.
Partiendo de este análisis, les comparto una experiencia personal reciente en una de las comunidades maya q’eqchi’ de La Libertad, Petén. Junto con dos compañeras más nos llamó la atención el quehacer de las mujeres, así que decidimos muy espontáneamente ayudar a doña Angélica a hacer las tortillas para el almuerzo.
La experiencia fue especial porque:
1. La práctica cotidiana en Guatemala considera que hacer tortillas es un rol natural y tradicional de las mujeres. La mayor carga la llevan las mujeres mayas, ellas que aparentemente no podrán cambiar de rol. Y causa sorpresa cuando alguna de ellas se sale de esta actividad o algún hombre se atreve a romper la cotidianidad, como lo hice yo en esa ocasión.
2. Los hombres tanto indígenas y no indígenas comúnmente no hacemos tortillas.
3. Incluso hacer tortillas es motivo de prejuicios racistas y de género en contra de la mujer maya, porque cuando algunas personas ladinas cuestionan a las mujeres mayas que han trascendido económica o académicamente, una de las formas de agredirlas es usando frases como: “¿dónde dejaste tu comal y tu piedra de moler?”. El comal es la plancha donde se cocina la tortilla y la piedra de moler es la base donde se prepara o se muele la masa de maíz.
En mi visita a La Libertad me acompañaba Fidelia Cuc, Oficial de Sponsorship y me compartía su opinión de que a las niñas desde pequeñas les enseñan a “servir y atender al hombre”, y yo al decidirme a hacer tortillas estaba rompiendo esquemas en la comunidad, a pesar de que eso es visto como “ser amujerado” y por supuesto, Fidelia me recalcaba que los cambios deben circunscribirse más allá de hacer tortillas o tareas del hogar, sino a toda práctica en la vida, la familia y en el día a día.
Por lo tanto, este hecho aunque pareciera sencillo no lo es, porque lleva el reto de despojarse por un momento de la carga del machismo, racismo, normalización de funciones cotidianas. Pero hacer algo diferente es romper significaciones, imágenes mentales que nos tienen acostumbrados a una vida en apariencia normal, pero que continúan perpetuando privilegios e injusticias.
El machismo, nos divide, naturaliza la división de los espacios y los quehaceres cotidianos. Porque hay privilegios que nos colocan a los hombres en mayor ventaja sobre los aportes de las mujeres.
En pequeñas acciones podemos empezar a romper paradigmas estructurales. Permite cambiar nuestras comunicaciones con las personas más pobres, se genera otro tipo de relaciones. El elitismo, clasismo son otros elementos que no nos dejan libres para sumergirnos en la cotidianidad de la vida comunitaria. Pero también la vida comunitaria es dinámica y compleja, no es estática. Desde mi persona pude sentir satisfacción, porque me invita a revisar mis acciones, mis planteamientos sobre la lucha de las personas que muchas veces los catalogamos como los otros y no como nosotros/as.
¿Qué otras cosas te atreverías a hacer para romper el machismo?